The Times elogia la “U” de Sampaoli

Algunos la llaman la “Barcelona de las Américas“. Otros van más lejos. Dicen que la Universidad de Chile, la U, es el mejor equipo del planeta. Sucede que los fans más casuales a este lado del planeta no llegan a ver mucho de ellos. Tampoco, por cierto, lo había hecho gran parte de América del Sur, por lo menos hasta este otoño, cuando entraron en racha en la Copa Sudamericana, destrozando a reputados equipos del continente como los brasileños Flamengo y Vasco da Gama.

La U no ha perdido desde principios de junio, una racha que se extiende a 28 partidos (N. de la R.: ya es de 32). Después de haber ganado el título del Apertura de Chile, están en camino de ganar el Clausura y, el jueves, se enfrentan a Liga de Quito en el partido de ida de la final de la Copa Sudamericana. Pero estos son sólo números y no empezar a explicar los acontecimientos notables de la U. Esto se inicia con el entrenador, Jorge Sampaoli, argentino. Él puede ser un sabio de la táctica, pero el mundo se despertó tarde a sus talentos. O él floreció tarde, porque tiene 51 años y no consiguió un trabajo como entrenador de élite hasta el año 2002. Antes de eso, pasó dos décadas -desde la lesión que lo obligó a retirarse a los 20- trabajando en el fútbol juvenil. Mientras él ha dicho que era el lugar ideal para perfeccionar su oficio y ejecutar sus experimentos tácticos, en realidad es difícil creer que un hombre como Sampaoli pudiera permanecer oculto del radar durante tanto tiempo. Sabía lo que quería hacer -entrenar al más alto nivel- y sacrificó todo lo posible para lograr su objetivo, viajando a Holanda, Italia y España para estudiar los métodos de entrenamiento y dedicar todo su tiempo para descifrar el juego del fútbol.

Y después de haber sido pasado por alto por enésima vez en su Argentina natal, emigró a Perú, el único lugar que le ofrecería un puesto de trabajo. A partir de ahí, se abrió paso en América del Sur hasta su trabajo actual en la U.

Hasta el año pasado pocos argentinos sabían su nombre. Hoy está siendo comparado con Marcelo Bielsa.

Mirando a la U, se puede ver por qué. La formación de 3-3-1-3 es diferente a todo lo que vemos en Europa, un replanteamiento total de cómo los jugadores ocupan el espacio en el terreno de juego y cómo se mueven sobre él.

Sin embargo, en comparación con Bielsa -a quien Sampaoli llama “un modelo a seguir y una inspiración”- sus equipos parecen estar mejor organizados y con un flujo aún más libre.

De hecho, Sampaoli es una oda a la sincronía. Una y otra vez el balón se mueve al espacio y se encuentra con un jugador en movimiento, mientras que cuando el rival tiene la pelota todos los canales posibles y líneas de pase están congestionados. Es la clásica situación en la que el esquema táctico tiene un efecto multiplicador en las habilidades de los jugadores. No es que la U no tenga buenos jugadores -los tiene-, pero aparte de Eduardo Vargas, un delantero recientemente ligado con el Chelsea, pocos generan mucha atención de los exploradores europeos. De hecho, una de las cosas más sorprendentes acerca de la U es que a pesar de perder dos jugadores clave -Edson Puch y Felipe Seymour, ambos chilenos- al final de la temporada pasada el club no hizo fichajes nuevos. En cambio, Sampaoli simplemente los reemplazó por jugadores de las divisiones inferiores. No es sólo que nadie es insustituible en el sistema, es casi que prácticamente todo el mundo puede hacer el trabajo. Hay máxima intercambiabilidad porque, por encima de todo, se trata del sistema, no los jugadores.

El club se fue por las ramas en el nombramiento de él delante del más laureado Diego Simeone, quien ganó títulos de liga en Argentina con Estudiantes y River Plate. La elección hizo que se levantaran más de algunas cejas, pero, de acuerdo con el director deportivo del club, Sabino Aguad, él “les vendió su visión”.

Aguad pronto se dio cuenta de que Sampaoli era diferente a cualquier entrenador que había conocido. Como parte de su contrato, la U le ofreció una mansión en una urbanización cerrada y un automóvil sedán de lujo. Rechazó ambas, optando en cambio por un auto usado y un modesto departamento de un dormitorio en el centro de la ciudad. Un trabajólico confeso, Sampaoli no parece preocupado por los bienes materiales. En los días que no hay partidos está en el campo de entrenamiento a las 8 y media y no se va antes de las 9:00 de la noche. Y, cuando se va a casa, se sienta en la cama a ver DVD y hace análisis de video en su computadora.

¿Sólo le interesa una cosa? Er… Sí. Tal vez de un modo poco saludable. “Incluso cuando estoy descansando, mi mente no se desconecta del fútbol… No puedo desconectarme”, dijo a un diario chileno. “Miro hacia atrás y me doy cuenta de que abandoné a mi familia por el fútbol. Pero lo hecho, hecho está”.

En comparación con algunos entrenadores europeos, que son considerados como “trabajólicos” si se limitan a un día en el campo de golf a la semana, Sampaoli es cortado de una tela totalmente diferente. Parece que su aproximación al juego es como una especie de asceta, un monje, con un celo mesiánico que refleja su vida fuera de la cancha.

Lo fascinante -además de ver cuánto tiempo la racha de la U continúa- será lo que Sampaoli haga después. A este ritmo, es seguro que lo llamarán desde Europa, a pesar del limitado éxito de los entrenadores de América del Sur en el Viejo Mundo. ¿Puede su filosofía y su visión funcionar de este lado del charco? ¿O se ha creado algo verdaderamente único, hermoso e importante, pero que sólo puede existir en un determinado espacio y tiempo? Si Sampaoli puede recrear su trabajo en otra parte -y otros emularlo- entonces tal vez estamos al borde de la próxima gran evolución táctica en el juego. Si no puede, bueno, vamos a disfrutarlo mientras dure.

Columna de Gabriele Marcotti en The Times y reproducida por El Mercurio

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