33 abrazos de gol

Satisfacción, nervios, orgullo. Eso debe haber sentido cuando le comunicaron la noticia. Quizás lo mismo que experimentó hace muchos años, cuando le confirmaron que iba a debutar en Primera división.

Tomó la máscara de oxígeno y se introdujo en la cápsula “Fénix II”. Concentrado. Sereno. Mientras algunos compañeros ajustaban los últimos detalles, otros le deseaban suerte. El “Fuerza hermano, y el “Vamos Manolo”, se escucharon fuerte, mientras palmearon la reja. Una arenga típica previa a un partido de fútbol.

Ahora no tenía que caminar unos cuantos metros por un túnel junto a 10 compañeros. Esta vez tenía que recorrer nada menos que 622 metros. Y solo. Tampoco lo esperaban cientos o miles en una tribuna. Lo aguardaban solamente 33 y millones en el mundo desde el otro lado de la pantalla.

Traje antiflama naranja, antiparras negras y casco blanco con su nombre inscripto: “Manuel González”. Este ex futbolista de O’Higgins de Chile, de 46 años, afrontó el partido más difícil de su vida. Se convirtió en el primer rescatista que bajó a la mina de oro y cobre San José, en Copiapó (800 km. al norte de Santiago), para salvar a los 33 hombres que quedaron atrapados desde el 5 de agosto por culpa de un derrumbe.

Hizo méritos para llegar hasta ahí. González es experto en fortificación minera y perforación vertical y cuenta con 20 años de experiencia en Codelco y 12 de rescatista. Tenía todo un país detrás. Hasta el presidente se acercó, no para entregarle un trofeo, sino para brindarle apoyo. “Llegó la hora de la verdad, usted esté tranquilo. Mucha suerte, que Dios le acompañe y que traiga a los mineros de vuelta”, le pidió como un técnico, Sebastián Piñera.

Surgió un imprevisto. No tan leve como la rotura de un botín o una camiseta. Cuando realizó su primer descenso, la cápsula de metal, de 4m. de alto y 450 kg., sufrió una abolladura y se demoró la operación. Una vez reparada, se llevó a cabo un segundo viaje de prueba. Luego sí, el vehículo que debía recorrer más de 600 m. a través de un ducto de 66 cm. de diámetro estaba en condiciones.

Transmitiendo tranquilidad, Manolo se despidió con un “chao”. Los familiares de los mineros se unieron en un aplauso cerrado y comenzaron a entonar el himno nacional, mientras otros gritaron “chi, chi, chi, le, le, le, los mineros de Chile”. El campamento fue más “Esperanza” que nunca.

Avanzó a una velocidad aproximada de 1 metro por segundo y después de 16 “largos” minutos llegó a destino. Allí lo estaban esperando. Asombrados. Expectantes. Emocionados. Los 33. Entre ellos, Franklin Lobos, otro que supo tratar bien a la pelota.

Salió despacio de la cápsula. Uno le dio la bienvenida. González le tocó la cabeza, lo abrazó. Lentamente se fue acercando el resto, en imágenes que recorrieron el planeta. Hasta el “camarógrafo” de la mina le pidió a un compañero que tome la posta para fundirse en un abrazo con la primera persona nueva que veían en 69 días.

El rescate de la mina comenzó el miércoles 13 de octubre de 2010. El destino quiso que fuera justo 38 años después de aquel accidente que protagonizó un avión uruguayo con 45 personas, integrado en gran parte por el equipo de rugby del club Old Crhistians, que partió de Mendoza hacia Santiago de Chile. Pasaron 10 días de búsquedas infructuosas y a esos pasajeros los dieron por muertos. Hasta que 72 días después, encontraron a 16 sobrevivientes en plena Cordillera. Se lo llamó el milagro de los Andes y llegó al cine con “Viven”. No pasará mucho hasta que los 33 lleguen a la pantalla grande…

Con los brazos en jarra, cual Superhéroe, Manuel González les contó lo que había vivido desde la superficie al fondo del yacimiento y les dio instrucciones sobre el operativo salvataje. “Excelente, el viejo está en la jaula”, dijo sobre Florencio Avalos, 15 años más joven, el primer minero que devolvió a la tierra. “Correcto, ordene nomás el izamiento”, afirmó después el nuevo ídolo de los chilenos.

Fue entonces cuando su nombre, ignoto en la historia del fútbol, tomó relevancia a nivel mundial. “Estoy feliz de la vida, pero cagao de calor”, admitió entre risas más tarde por radio.

Cuando vestía pantalón corto y botines, Manuel González seguramente creía que el descenso era lo peor que le podía pasar. Hoy pudo festejar más que cualquier vuelta olímpica porque un “descenso” le cambió la vida.

Una imagen le quedará grabada por siempre. Cuando llegó a la mina, recibió 33 abrazos de gol. O mucho más que eso.

Columna de Nicolás Baier, coordinador editorial de ESPNdeportes

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